Setenta veces siete: lo que aprendí sobre perdonar

By: Lily Fajardo

Hay cosas que aprendemos a guardar sin darnos cuenta, no las pensamos todos los días, no hablamos de ellas, y con el tiempo llegamos a creer que ya quedaron atrás, como si dejar de nombrarlas significara que ya estaban resueltas, durante años yo también viví así: convencida de que lo que no se mencionaba, simplemente ya no pesaba.

Pasar por una enfermedad me hizo dudar de eso, cuando el cuerpo te obliga a detenerte, aparecen preguntas que el trabajo y la rutina te habían dejado hacer a un lado, soy una persona de fe, y en una peregrinación al Santuario del Señor de Chaguaní, en Cundinamarca, un Padre amigo me preguntó, si yo tenía algo que sanar. La pregunta se quedó conmigo más de lo que esperaba, Yo estaba segura de que iba a pedir por la salud de mi cuerpo; no imaginaba que aquella pregunta también me llevaría a mirar hacia dentro.

No me consideraba una persona resentida, y si alguien me hubiera preguntado si tenía algo que perdonar, habría dicho que no sin pensarlo mucho, pero mirar con más honestidad me llevó a una situación, era algo de mi niñez que había guardado sin ponerle nombre, un recuerdo al que aprendí a no darle demasiado espacio en mi mente y en mi corazón. Con los años entendí que aquella experiencia sí había dejado algo de huella en mi vida adulta: en la manera en que ponía límites en algunas sitiaciones, en cosas que permití y que no debí permitir. Ahí estaba la caja. Yo simplemente no sabía cuánto había guardado dentro de ella.

Lo que aprendí sobre perdonar a otros

Abrir la caja no fue revivir lo ocurrido, fue dejar de escondérmelo a mí misma, me di cuenta que eso todavía me acompaña: soltar no borra la historia, solo cambia el peso con el que la cargamos.

Nos han dicho tantas veces que hay que perdonar para sanar, que a veces sentimos culpa por no estar listas todavía, pero el perdón no es una fecha en el calendario ni una tarea que se tacha de una lista, antes de perdonar hace falta reconocer que sí nos hicieron daño, porque negar lo ocurrido para poder decir que ya perdonamos no es sanar, es otra manera de mantener la caja cerrada.

Tampoco es lo mismo perdonar que justificar, podemos reconocer el daño y, al mismo tiempo, decidir no seguir viviendo desde ahí: con distancia, con límites, incluso sin la disculpa que esperábamos, porque hay personas que nunca van a reconocer lo que hicieron, y quedarnos esperando esa disculpa puede mantenernos atadas a algo que ya no debería tener ese lugar en nuestra vida.

Dios en el centro del perdón

Para mí el perdón nunca ha sido solo una decisión que se toma sola, es un camino que recorro de la mano de Dios, porque sin Él no sé si habría tenido la fuerza para abrir esta caja, Jesús dice “perdonen y serán perdonados” (Lucas 6:37), y en el Padre Nuestro pedimos “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mateo 6:12). Ese “como también nosotros” no es solo pedirle a Dios que nos perdone a nosotras; también nos pregunta qué hacemos con lo que otros nos hicieron.

Hay un pasaje que me acompañó mucho en este proceso, Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debía perdonar a quien le ofendía, si hasta siete veces, y Jesús le responde que no siete, sino hasta setenta veces siete (Mateo 18:21-22), no creo que sea un número para contar; creo que es una forma de decirnos que el perdón no tiene techo, que cada vez que el dolor vuelve podemos volver a elegir soltarlo, tantas veces como haga falta.

Por eso creo que sanar no es solo cosa del cuerpo, podemos cuidar la salud física y aun así cargar algo en la mente, en el alma o en el corazón, como queramos llamarlo, que sigue pesando y que no debería seguir ahí. El perdón es también el camino para reconstruir esa parte: para volver a mirarnos con amor cuando hay algo guardado en el corazón que no nos deja hacerlo del todo. Y ahí el apoyo de Dios se vuelve fundamental, porque hay heridas que no logramos sanar solas, por más fuerza de voluntad que tengamos, hay cosas que solo se sueltan cuando se las entregamos a Él.

Nada de esto borra la responsabilidad de quien causó el daño, ni nos obliga a recuperar un vínculo que ya no es sano. Para mí, perdonar es dejar de darle al resentimiento un lugar permanente en mi vida, no porque lo que pasó no haya existido, sino porque no quiero que eso decida cómo voy a vivir, y porque prefiero que ese lugar lo ocupe la paz que viene de Dios.

El perdón más difícil: el propio

Con nosotras mismas somos mucho menos generosas, nos reprochamos haber confiado en quien no debíamos, haber tomado una decisión equivocada, no haber hablado a tiempo, y lo hacemos mirando a esa mujer del pasado con la información que tenemos hoy, como si ella hubiera tenido las mismas herramientas que tenemos ahora, pues la verdad no las tenía, eso no vuelve correctas todas sus decisiones, pero sí nos permite reconocer los errores sin convertirlos en una condena de por vida.

Y aquí entra también el amor propio, porque es difícil amarnos por completo cuando hay algo en el corazón que todavía necesitamos sanar. A veces necesitamos perdonarnos no por lo que hicimos, sino por aquello que permitimos: por no haber puesto un límite, por haber callado, por haber confiado, por habernos quedado más tiempo del que hoy creemos que debimos quedarnos. Miramos hacia atrás con la claridad que tenemos ahora y podemos llegar a juzgar a esa mujer por no haber sabido defenderse, alejarse o reaccionar de otra manera. Pero ella no tenía la mirada que hoy tenemos nosotras. Perdonarnos también es dejar de exigirle a esa mujer del pasado que hubiera sabido lo que hoy sabemos, para poder aceptar con más amor a la mujer que somos.

Pero también puede haber algo más: reconocer que, en medio de nuestra propia historia, nosotras pudimos haber herido a otros. Y ahí aparece la necesidad de pedir perdón. Eso requiere otra clase de honestidad: dejar de mirar únicamente lo que nos hicieron y preguntarnos qué hicimos nosotras con aquello que vivimos. No para asumir culpas que no nos corresponden, sino para reconocer nuestra responsabilidad cuando la hubo. Pedir perdón no siempre recupera un vínculo, pero puede devolvernos la tranquilidad de haber reconocido nuestra parte y haber hecho lo que estaba en nuestras manos para repararla.

Quizás madurar sea también eso: poder mirarnos con honestidad, sin necesitar que todo cierre perfecto ni encontrar una explicación para cada cosa. Hubo situaciones en las que fuimos heridas y otras en las que también herimos. Tal vez la verdadera libertad está en poder reconocer ambas cosas sin quedarnos a vivir en ninguna de ellas.

Abrir la caja

Muchas de esas experiencias se van a quedar en nuestra memoria porque son parte de quienes somos, y eso no va a cambiar, lo que sí podemos cambiar es el lugar que ocupan, abrir la caja no es sacar todo de golpe, es atrevernos a mirar qué sigue ahí, aunque seguramente lloremos al hacerlo, recordemos cosas que creíamos olvidadas, nos preguntemos por qué permitimos ciertas cosas o por qué tardamos tanto en verlas, llorar no es retroceder, así como recordar no es querer volver a vivir lo mismo, no podemos sanar lo que insistimos en escondernos a nosotras mismas.

Yo no salí de esa caja con todas las respuestas, ni con la sensación de que todo estaba resuelto, salí con algo que, para mí, fue mucho más importante: la certeza de que podía mirar de frente aquello que durante años había preferido guardar. Pude reconocer lo que me dolió, aceptar lo que me correspondía, perdonar lo que estaba lista para perdonar y entregarle a Dios aquello que todavía no sabía cómo soltar., sanar no siempre significa dejar de recordar, sino poder recordar sin que aquello siga teniendo el mismo poder sobre nosotras.

Después de la enfermedad sentí que el perdón fue uno de los primeros pasos para reconstruirme, lo viví como una invitación de Dios a viajar más liviana, a dejar de cargar culpas, resentimientos y preguntas que ya no necesitaba llevar conmigo. No para convertirme en una mujer nueva que borra su pasado, salí con algo que para mí fue más importante: la sensación de que algunas cosas que cargué durante años ya no tenían que seguir conmigo de la misma manera. Las miré, las reconocí, se las entregué a Dios, y cuando estuvieron listas, las dejé ir.

Por eso hoy pienso que no deberíamos esperar a que la vida nos lleve al límite para abrir esa caja, podemos hacerlo antes, cuando sintamos que algo pesa, que algo nos limita o simplemente que queremos vivir con mayor libertad. Abrir la caja también puede ser una elección de amor propio y un acto de fe, como dije: mirar, sanar, perdonar y soltar para hacer espacio a  todo lo bueno que viene. Quizás ese sea uno de los primeros pasos para reconstruirnos: aprender a caminar más ligeras, con Dios de la mano y con el corazón dispuesto a volver a ser feliz.

Para seguir conversando
No te voy a preguntar a quién tienes que perdonar. Quizás todavía no quieras responder esa pregunta, y está bien. Te voy a preguntar algo mejor: ¿hay algo dentro de esa caja que llevas mucho tiempo evitando mirar?