¿En qué momento dejaste de pensar en ti?

Por: Lily Fajardo

Hay una pregunta que, dependiendo del momento de la vida en el que nos encuentre, puede resultar más incómoda de lo que parece: ¿qué quieres? No qué necesitas hacer, ni qué es lo más conveniente, ni qué esperan de ti, sino qué quieres tú. A veces la respuesta aparece rápidamente, pero otras veces nos quedamos en silencio unos segundos más de lo normal, no porque no tengamos deseos, sino porque llevamos tanto tiempo respondiendo a las necesidades de otras personas que la pregunta nos toma por sorpresa.

Entonces buscamos una respuesta que suene razonable, algo que podamos explicar sin sentir que estamos siendo egoístas o que estamos dejando de cumplir con aquello que se espera de nosotras.

Podemos decir que queremos que nuestra familia esté bien, que nuestros hijos sean felices, que haya salud, que las cosas mejoren, que todo encuentre su lugar. Y, por supuesto, todo eso puede ser verdad; pero la pregunta era otra: ¿qué quieres tú?

 La costumbre de quedar para después

No creo que la mayoría de las mujeres decidamos un día dejar de pensar en nosotras. No hay una mañana específica en la que nos levantemos y digamos que, a partir de ese momento, nuestros deseos ya no son importantes. Sucede de una manera mucho más silenciosa y, precisamente por eso, puede ser difícil de reconocer. Primero aparece una responsabilidad que no puede esperar; después, otra. Hay una persona que necesita nuestra ayuda, una situación que debemos resolver, un compromiso que no podemos cancelar o una obligación que parece tener más urgencia que aquello que nosotras queríamos hacer.

Y, probablemente, en ese momento no pasa nada. Lo que queríamos hacer puede esperar. El problema es que lo que no parece urgente puede terminar siendo postergado indefinidamente. Así pasan los meses y, algunas veces, los años. Nos acostumbramos a decir “más adelante”, “cuando tenga tiempo”, “cuando las cosas estén más tranquilas”, “cuando termine este proyecto” o “cuando resuelva esto otro”. El problema es que la vida rara vez se queda quieta esperando que nosotras terminemos de resolverlo todo.

Seguimos cumpliendo, trabajando, cuidando, acompañando y respondiendo por muchas cosas. Hasta que, en algún momento, podemos descubrir que conocemos perfectamente los horarios, las necesidades y las preocupaciones de muchas personas, pero nos cuesta responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué me gusta hacer a mí?

No es una pregunta menor. Después de muchos años de vivir atendiendo lo necesario, puede ocurrir que hayamos perdido la costumbre de preguntarnos qué nos produce placer, qué nos despierta curiosidad o qué nos gustaría hacer simplemente porque sí. No estoy hablando necesariamente de grandes pasiones ni de decisiones extraordinarias; a veces se trata de algo tan sencillo como cocinar, viajar, leer, aprender, caminar, cantar, conversar, estar solas durante un rato o hacer algo que no tenga que demostrar su utilidad.

No todo lo que hacemos por los demás es sacrificio

Hay una conversación que me parece importante tener con honestidad: no todo lo que hacemos por los demás es sacrificio. Hay cosas que elegimos con amor, responsabilidades que asumimos porque forman parte de nuestros valores y personas que queremos cuidar porque forman parte de nuestra vida. Acompañar a alguien, ayudar, estar presentes y responder cuando nos necesitan no significa necesariamente que nos estemos olvidando de nosotras.

La dificultad aparece cuando dejamos de distinguir entre una elección y una obligación; cuando ayudar se convierte en una respuesta automática, cuando decir que sí resulta más fácil que explicar por qué queremos decir que no y cuando sentimos que descansar necesita una justificación que nunca le exigiríamos a otra persona.

Por eso, tal vez la pregunta no sea simplemente si pensamos en nosotras, sino si todavía queremos elegir algo que no sea necesario. Una cosa es hacer lo que debemos hacer y otra muy distinta es que toda nuestra vida termine organizada alrededor de aquello que debemos hacer.

Hay mujeres que han construido una vida entera alrededor de sus responsabilidades y, cuando esas responsabilidades cambian, descubren que tienen tiempo, pero no saben muy bien qué hacer con él. No porque carezcan de intereses, sino porque durante mucho tiempo no tuvieron espacio para escucharlos.

Hay deseos que no desaparecen; esperan

A veces creemos que aquello que dejamos de hacer ya no nos interesa, pero no siempre es así. Hay deseos que no desaparecen; simplemente quedan guardados en algún lugar de la vida al que dejamos de entrar. Puede ser una carrera que no estudiamos, un lugar al que nunca viajamos, un proyecto que no empezamos, una actividad que abandonamos o una idea que alguna vez nos emocionó y que fuimos aplazando hasta dejar de hablar de ella.

No todos esos deseos tienen que ser recuperados, porque también cambiamos. Quizás hoy ya no queremos lo mismo que queríamos a los 25 o a los 35 años, y eso está bien. No tenemos la obligación de cumplir los sueños de una versión anterior de nosotras mismas. Sin embargo, hay una diferencia entre cambiar de deseo y abandonar todos nuestros deseos.

A veces no hemos renunciado a algo porque ya no lo queremos; hemos renunciado porque nos convencimos de que no era el momento adecuado. Y después de tantos años diciendo que no era el momento, puede ser difícil saber si todavía queremos aquello o si simplemente nos acostumbramos a vivir sin ello.

Por eso, volver a preguntarnos qué queremos no significa necesariamente tomar decisiones radicales. A veces significa mirar con honestidad aquello que llevamos demasiado tiempo posponiendo y preguntarnos si todavía hay algo ahí.

También podemos descubrir que ya no queremos lo mismo

Hay algo que pocas veces se dice cuando se habla de volver a pensar en una misma: puede que la respuesta no sea la que esperábamos. Quizás aquello que creíamos que nos haría felices ya no nos interesa; quizás una relación, un trabajo, un proyecto o una forma de vida que durante años consideramos deseable ya no representa quiénes somos.

Y eso puede ser desconcertante, especialmente cuando hemos pasado mucho tiempo intentando alcanzar algo. Cuando finalmente tenemos la oportunidad de preguntarnos si todavía lo queremos, podemos descubrir que no sabemos qué responder.

No siempre es fácil reconocer que hemos cambiado. Hay decisiones que tomamos hace muchos años y que continúan organizando nuestra vida, aunque la mujer que las tomó ya no exista de la misma manera. No se trata de juzgar a esa mujer; ella tomó las decisiones que pudo con la información, la edad, las circunstancias y las necesidades que tenía en ese momento.

Pero nosotras podemos revisar nuestra vida. Podemos preguntarnos si aquello que alguna vez elegimos todavía nos representa, no para destruirlo todo ni para negar el camino recorrido, sino para dejar de vivir en automático.

A cierta edad, elegir también puede dar miedo

A veces pensamos que cuando los hijos crecen, cuando tenemos más experiencia o cuando las circunstancias cambian, finalmente elegiremos. Sin embargo, a veces no siempre se siente como imaginábamos; en ocasiones también asusta.

Mientras cumplimos con lo que los demás esperan, sabemos cuál es nuestro papel y qué debemos hacer. Hay una estructura, incluso cuando nos cansamos de ella. Pero cuando comenzamos a preguntarnos qué queremos, aparece una responsabilidad distinta: la de escucharnos.

Y escuchar lo que realmente queremos puede obligarnos a reconocer cosas que preferíamos no mirar. Podemos descubrir que estamos cansadas, que algo ya no nos interesa, que necesitamos cambiar una relación, que queremos estudiar, que deseamos trabajar en algo diferente o que necesitamos más tiempo para nosotras.

No siempre podemos cambiarlo todo, y tampoco tenemos que hacerlo. Pero reconocer una verdad puede ser el principio de una conversación honesta con nosotras mismas.

Pensar en ti no significa dejar de amar a los demás

Creo que muchas mujeres en algún momento hemos relacionado nuestros propios deseos con una especie de egoísmo, como si querer algo para nosotras significara quitarle algo a alguien más o como si cada hora que dedicamos a nuestra vida fuera una hora que estamos negando a otra persona.

Pero uno no deja de amar a su familia porque también tenga deseos propios. No deja de ser responsable porque necesite algo diferente, ni se vuelve indiferente porque ya no quiera estar disponible para todo.

Hay una diferencia entre abandonar a los demás y dejar de abandonarnos a nosotras mismas. Y, a veces, esa diferencia puede ser más difícil de reconocer de lo que parece, porque no siempre nos abandonamos en grandes decisiones.

A veces lo hacemos en cosas pequeñas: cuando dejamos de llamar a una amiga porque siempre estamos ocupadas, cuando dejamos de aprender algo que nos interesaba, cuando dejamos de salir porque nadie más puede acompañarnos, cuando dejamos de comprar algo que nos gusta porque siempre hay una prioridad más importante, cuando dejamos de preguntarnos qué necesitamos o cuando nos miramos al espejo y aunque no nos guste tal vez como nos vemos en ese momento pensamos que está bien, el punto es que aunque no parece grave, una vida también está hecha de esas pequeñas decisiones.

Tal vez la pregunta no sea qué quieres hacer con tu vida

Durante mucho tiempo hemos escuchado preguntas enormes: ¿qué quieres hacer con tu vida?, ¿cuál es tu propósito?, ¿cuál es tu gran sueño? ¿qué haz hecho por ti? son preguntas importantes, pero a veces pueden resultar demasiado grandes.

Quizás, después de cierta edad, no necesitamos encontrar una respuesta definitiva. Tal vez podemos empezar con preguntas más pequeñas y más honestas: ¿qué me gustaría hacer esta semana?, ¿qué estoy extrañando?, ¿qué me produce curiosidad?, ¿qué he dejado de hacer y me gustaría volver a intentar?, ¿con quién quiero pasar tiempo?, ¿de qué necesito alejarme?, ¿qué parte de mi vida siento que ya no me representa?

No todas las respuestas van a producir cambios inmediatos. Algunas simplemente nos van a permitir observarnos con más atención, y creo que eso ya es importante. Después de tantos años mirando hacia afuera, volver la mirada hacia nosotras puede sentirse extraño; al principio quizás no sepamos qué estamos buscando, pero podemos comenzar por dejar de ignorar lo que sentimos.

Volver a escucharte no siempre produce respuestas cómodas

A veces esperamos que, cuando finalmente empecemos a pensar en nosotras, todo se vuelva claro; imaginamos que vamos a descubrir exactamente qué queremos y que, a partir de ese momento, tendremos la fuerza para cambiarlo todo. Pero la vida real no suele ser tan ordenada.

A veces comenzamos a hacernos preguntas, terminamos con más preguntas y descubrimos que estamos cansadas, pero no sabemos exactamente de qué; sentimos que necesitamos un cambio, pero no sabemos cuál; tenemos ganas de algo diferente, pero no podemos nombrarlo. Y creo que eso también forma parte del proceso.

No tenemos que convertir cada inquietud en una decisión inmediata. Podemos permitirnos observar y dejar que algunas preguntas permanezcan un tiempo sin respuesta. No todo tiene que resolverse el mismo día en que somos capaces de reconocerlo; algunas preguntas necesitan acompañarnos durante un tiempo antes de mostrarnos hacia dónde quieren llevarnos.

Quizás todavía estás ahí

Tal vez pensar en ti no consiste en convertirte en una persona completamente diferente. Quizás no tienes que abandonar tu vida, cambiar de ciudad o de país, comenzar un negocio o tomar una decisión extraordinaria para demostrar que finalmente estás eligiéndote.

Puede ser algo mucho menos visible: volver a escuchar una canción que te gustaba, llamar a alguien con quien realmente quieres conversar, decir que no puedes hacer algo, hacer una cita contigo misma, aprender algo por el simple gusto de aprender, aceptar que no quieres estar en todos los lugares, sencillamente decir no a algo o preguntarte qué necesitas antes de responder automáticamente qué necesitan los demás.

No son grandes gestos, pero después de tantos años algunas pequeñas decisiones pueden tener un significado enorme. Porque quizás no has desaparecido; quizás simplemente has estado demasiado ocupada atendiendo la vida de todos los demás.

Y puede que todavía estés ahí, esperando que vuelvas a preguntarte qué quieres. No para convertirte en otra mujer, no para borrar todo lo que has sido ni para dejar de cuidar a quienes amas, sino para recordar que tú también formas parte de la vida que has estado construyendo.

Tal vez, en algún momento, sea necesario dejar de preguntarnos únicamente “¿qué necesitan de mí?” y comenzar a preguntarnos, con la misma honestidad: “¿qué necesito yo?”

Para seguir conversando

No te voy a preguntar qué quieres hacer con el resto de tu vida; quizás es una pregunta demasiado grande. Te voy a preguntar algo más sencillo: ¿qué es eso que llevas mucho tiempo diciendo que harás algún día?