Por: Lily Fajardo
Hay una frase que durante mucho tiempo me pareció sencilla: volver a empezar.
La escuchamos en conversaciones, en libros, en películas y en esas frases que aparecen cuando alguien atraviesa una dificultad. Pero volver a empezar no siempre se parece a lo que imaginamos. No necesariamente implica cambiar de ciudad o de país, conseguir un nuevo trabajo, terminar una relación o tomar una decisión extraordinaria.
A veces volver a empezar es mucho más silencioso.
Podría ser algo tan sencillo como levantarse una mañana y darse cuenta de que ya no se puede seguir viviendo de la misma manera. Es aceptar que quizás algunas cosas cambiaron, aunque todavía no sepamos exactamente qué hacer con ese cambio. Es mirar la vida que se tenía y reconocer que, aunque todavía existan muchas de las mismas personas, responsabilidades y lugares, estamos perdiendo interés en algunas cosas que antes nos ocupaban y comenzamos a sentir la necesidad de hacer algo diferente, de seguir creciendo, de desafiarnos.
Y eso puede ocurrir a cualquier edad.
Siempre escuché que las mujeres teníamos cambios importantes alrededor de los 30 años, pero creo que ese concepto ha venido cambiando. Para muchas mujeres, las grandes preguntas comienzan a aparecer después de los 40.
¿Qué quiero realmente? ¿Qué parte de mi vida sigo sosteniendo por costumbre? ¿Qué cosas hice durante años porque eran necesarias, pero ya no quiero seguir haciendo de la misma manera? ¿Qué sueños siguen siendo míos y cuáles pertenecían a una versión anterior de mí? ¿Realmente soy feliz en el trabajo que tengo?
Y bueno, no siempre tenemos respuestas. Para ser honesta, creo que no tenemos por qué tenerlas todas.
No se vuelve al punto de partida
Durante mucho tiempo asocié la idea de comenzar de nuevo con regresar al principio. Como si después de una pérdida, una enfermedad, una crisis emocional, un cambio económico o cualquier otra experiencia que nos sacude, tuviéramos que reconstruirnos desde cero.
Pero hoy no lo veo así. Una mujer que vuelve a empezar no es la misma mujer que comenzó por primera vez. Lleva consigo lo que sintió, lo que aprendió, las decisiones que tomó, las que no tomó, las personas que amó, las pérdidas que atravesó y también una mirada diferente sobre lo que realmente importa.
Por eso, no empezamos desde cero, empezamos desde la experiencia y aunque esa experiencia no siempre haya sido fácil, tiene un valor que no se puede adquirir de otra manera. A veces nos hace más fuertes; otras, más conscientes, más sensibles o simplemente diferentes.
Considero que la psicología contemporánea entiende la resiliencia no como una capacidad de permanecer fuertes ante todo, sino como un proceso de adaptación frente a experiencias difíciles. Esto es importante porque nos permite quitarle a la palabra resiliencia esa idea de que debemos salir ilesas de todo lo que nos ocurre, la tristeza, la incertidumbre y el cansancio también pueden formar parte de una reconstrucción.
A veces pensamos que ser resilientes significa no quebrarnos. Yo creo que, en muchas ocasiones, significa aprender a vivir con aquello que nos quebró sin permitir que sea lo único que defina nuestra historia ni lo que somos.
La vida no siempre pregunta si estamos preparadas
Hay cambios que elegimos y otros que llegan sin pedir permiso.
Uno puede planear muchas cosas, trabajar durante años por determinados objetivos, imaginar cómo será el futuro y visualizarse, como digo yo. Y aun así, descubrir que la vida tiene sus propios tiempos.
Una enfermedad puede modificar prioridades. Una pérdida puede cambiar nuestra manera de mirar el tiempo. Una dificultad económica puede obligarnos a revisar planes que creíamos seguros. Los hijos crecen, los padres envejecen, algunas relaciones cambian y el cuerpo también cambia.
Y en medio de todo eso, seguimos siendo responsables de muchas cosas.
Por eso, volver a empezar no siempre significa abandonar lo que existe y comenzar una vida completamente distinta, como un borrón y cuenta nueva. Muchas veces significa aprender a reorganizar la vida que tenemos para que también, y sí o sí, haya espacios para nosotras.
Esto no es una tarea pequeña.
De hecho, está sucediendo todo el tiempo, pero en nuestro día a día no siempre somos conscientes de ello. ¿Y por qué? Considero que, durante años, muchas mujeres aprendimos a resolver, cuidar, acompañar, trabajar, sostener y seguir adelante.
Y, por supuesto, eso no está mal.
Lo que quizás pudo ser diferente es que aprendimos a poner muchas cosas antes que nuestras propias necesidades. En ocasiones, incluso nos acostumbramos tanto a ocupar el último lugar que, cuando llega el momento de preguntarnos qué queremos, no sabemos muy bien qué responder.
¿Te has preguntado eso?
No es que no tengamos deseos. Quizás llevamos demasiado tiempo sin escucharlos.
Construir de nuevo también significa elegir distinto
A veces he aprendido bien y otras, a trancazos. Pero algo que me ha enseñado la vida es que no todas las reconstrucciones son visibles.
Como docente, familiar y amiga, he visto a muchas mujeres reconstruir su vida cuando vuelven a estudiar, cuando empiezan un proyecto que habían postergado durante años o cuando se atreven a poner un límite.
Algunas lo hacen cuando dejan de insistir en una relación que ya no funciona. Otras, cuando se permiten descansar sin sentirse culpables, cuando vuelven a salir, cuando hacen una nueva amiga, cuando recuperan una actividad que les gustaba o cuando deciden comenzar algo que no tiene nada que ver con su vida profesional.
Y, en algunos casos, cuando vuelven a reírse con libertad.
No sé si es una habilidad o un don, pero me pasa con frecuencia que personas conocidas y no conocidas me cuentan muchas cosas de su vida, algunas muy privadas y otras no tanto. Eso me hace pensar que, en muchas ocasiones, lo que existe detrás de esa necesidad de contar es también una necesidad de ser escuchadas. De ser escuchadas sin ser juzgadas.
Por otro lado, he leído que la Organización Mundial de la Salud ha planteado el envejecimiento saludable desde una perspectiva que va mucho más allá de la ausencia de enfermedad. Se trata de conservar la capacidad de hacer y ser aquello que valoramos, dentro de las circunstancias reales de cada persona.
Esa mirada me parece especialmente valiosa porque reconoce que cada etapa de la vida puede contener posibilidades, aprendizajes y nuevas formas de participación, no se trata de fingir que las pérdidas no existen. Por el contrario, se trata de no permitir que las pérdidas sean las únicas cosas que vemos.
No todo tiene que volver a ser como antes
Esta es, quizás, una de las partes más difíciles de aceptar.
A veces gastamos mucha energía intentando recuperar una vida que ya cambió. Buscamos volver a sentirnos como antes, tener la misma energía, recuperar ciertas relaciones, regresar a una etapa que recordamos con cariño o volver a ser la mujer que éramos antes de que algo ocurriera.
Sin embargo, hay momentos en los que la pregunta no debería ser:
¿Cómo vuelvo a ser la de antes?
Tal vez la pregunta sea:
¿Quién soy ahora y qué quiero construir con lo que tengo?
No es una pregunta que se responda en una tarde.
Hay respuestas que aparecen lentamente, mientras hacemos cosas sencillas: mientras caminamos, conversamos con alguien, organizamos una habitación, cocinamos, trabajamos o simplemente nos damos permiso para estar en silencio.
Con el tiempo, algunas mujeres comenzamos a descubrir que la nueva vida no siempre aparece completa frente a nuestros ojos. Muchas veces se construye en decisiones pequeñas, tan sencillas que forman parte de nuestro día a día, pero que el ruido no siempre nos permite ver con conciencia.
Por ejemplo:
Una conversación pendiente.
Una puerta que finalmente decidimos cerrar.
Un proyecto que nos atrevemos a comenzar.
Una nueva manera de cuidarnos.
Un “no” que antes no podíamos pronunciar.
Un “sí” que durante mucho tiempo nos dio miedo.
Volver a empezar no exige tener certeza
Quizás una de las mayores trampas que he observado en mi vida adulta es creer que, a cierta edad, deberíamos tener todo claro, como si los años debieran entregarnos un mapa o un manual definitivo, pero la vida no funciona así.
Podemos tener más experiencia y seguir teniendo dudas. Podemos haber atravesado muchas situaciones y todavía sentir miedo frente a una nueva decisión. Podemos saber perfectamente lo que ya no queremos y aún no tener claro qué sigue.
Eso también es una forma de conocimiento.
No siempre necesitamos conocer todo el camino para dar el siguiente paso. A veces basta con reconocer qué ya no podemos seguir ignorando.
La resiliencia, de hecho, no se construye únicamente con recursos individuales. La investigación también ha señalado la importancia de las relaciones, el apoyo social, las estrategias para afrontar las dificultades y la capacidad de adaptarnos a nuevas circunstancias.
Así que no tenemos que reconstruirnos completamente solas.
Quizás por eso los espacios de encuentro son tan importantes: porque hay cosas que se comprenden mejor cuando descubrimos que no somos las únicas que las estamos viviendo.
Volver a empezar puede ser una forma de volver a encontrarnos
Algo muy hermoso que podemos hacer es intentar descubrir algo que antes no sabíamos de nosotras mismas.
Aprender algo nuevo, amar de una manera diferente, empezar un proyecto a una edad en la que otros creen que deberíamos estar retirándonos de nuestros sueños, cambiar de opinión sin sentirnos juzgadas, perdonar y pedir perdón. reconocer que necesitamos ayuda, volver a tener una nueva ilusión después de una separación. Y quizás esto sea lo más importante: no necesitamos esperar a sentirnos completamente listas para comenzar, créanme, lo importante es comenzar.
Podemos hacerlo con dudas, con miedo, con menos recursos de los que quisiéramos y con una historia que todavía estamos tratando de comprender, pero también podemos hacerlo con todo lo que hemos aprendido con la experiencia de haber llegado hasta aquí y con la posibilidad de descubrir que todavía hay cosas de nosotras mismas que no conocemos.
Volver a empezar no significa negar lo vivido, tampoco significa construir una vida perfecta. tal vez significa mirar lo que somos hoy y preguntarnos, con honestidad, qué podemos hacer con este nuevo capítulo.
No tenemos que regresar a quienes fuimos, podemos aprender a reconocer a la mujer que somos ahora y desde ahí, con lo que sabemos, con lo que todavía estamos aprendiendo y con todo lo que la vida aún puede sorprendernos, comenzar a construir de nuevo.
Para seguir conversando…
¿En qué momento de tu vida sentiste que necesitabas comenzar de nuevo?
No tienes que contar toda tu historia. A veces basta con reconocerlo para empezar a mirarla de otra manera.

